Mi nombre no es para mí, es para que pretendas saber de mí.

Deambulando entre etiquetas por toda mi vida para llegar, de algún modo u otro, a observar como es que la etiquetas sirven más para que se hable de los demás pero no para yo hablar de mí. Pues conocerme se me antoja más como un proceso honesto, y entre más claro mejor, uno donde el prejuicio es la semilla de mi entendimiento, una semilla que de no dar raíz se pudre, pero jamas se retira del suelo, aveces incluso el hedor llega a apestar virtudes.

Conocerme, sin embargo, requiere conocer mi prejuicios, las propias etiquetas que tengo para conmigo.

Conocerme es darme cuenta que no soy sólo una colección de oraciones descriptivas o verbos de acción, que aquello que siento e incluso lo que no llego a sentir es solo una parte de lo que me compone, que soy un ser complejo pero que a su vez cada cosa que me rodea lo es, perdiendo entonces contrastes y que por ello, para sentirme diferente, es que me valgo de prejuicios.

Y es que para que tu puedas reconocerme del resto se me ha otorgado un nombre y dos apellidos, de lo contrario cada que me intentaras nombrar no voltearía jamas, mi nombre habría cambiado y con el cada representación de mi entorno.

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