Era mi turno de mirarle a los ojos, tan plateados por la luz de la luna, luz del sol a la luna y de la luna a sus ojos; de la belleza a la belleza, una belleza filtrada por el bello hilo formado de miradas suyas o mías o nuestras, que cocían la tela delgada que nos acobijaba en aquella noche fría donde procuraba un papel de simple espectador.
Un ganar-ganar, el gran astro brindaba incesante cada rayo de luz a la luna para que fuera su mirada quién nos iluminara con su belleza.
Cerrando los ojos me disponía a dibujarle con mi recuerdo, perfecto en cada ocasión, y en eso, ella se disponía a interrumpir mi éxtasis en pensarle haciéndome mirar, yo «abría mis ojos» y ella era real. Su sonrisa y yo, ella y yo.
Había noches donde cada uno hacía como si esperase algo, ninguno partía, ella quizá pensando en algún sueño y yo quizá en sentir su mano, una mano, un beso, un momento, un aroma, un recuerdo que sería recuerdo solo en aquel momento en que se descubre ahí, tras una secuencia de pensamientos y después una sonrisa, una sonrisa y un dolor dulce.