Me encontraba siendo uno con un sillón, nada ameritaba levantarme, ni encender el televisor, ni mirar algo en la computadora, ni un pendiente extraviado del pasado y poco me importaba si los habría futuros; algunos recuerdos, de aquellos que llevan semanas de vida, solo veía sombras en mi mente. No ameritaba levantarme ni el amor ni el miedo, no importaba la soledad y nisiquiera el hambre me alientaba a separarme de mi.
Me encontraba dialogando con una vieja conocida, oscura y derrochadora ser, me envolvía por completo y oprimía mi pecho, respiraba para hacerme el favor de seguir con vida, soportando las asperezas de mis pulmones de tela plástica. La pereza se metía por mi nariz y exhalaba voluntad de pensar.
Me negué a pensar en moverme de aquel lugar, ¿Con qué cuerpo podría moverme si ya no poseía uno? El objeto en que me había convertido poco comprendía de consciencias y su lenguaje poco interpretado era.
Existía en un plano desde siempre conocido por los objetos inertes y poco manipulado por los vivos. La realidad empezaba a desvanecerse pues ni como idea podía mantenerse.
Y fue entonces que recupere mi idea humana de hacer como que todo tenia sentido y levantarme a recibir al nuevo día como a todos los anteriores en este continuo despertar prolongado hasta el dia de mi muerte donde podré mentirme diciendo que todo lo valió y echando en cara a mi amiga la pereza que es ella responsable de cada proyecto postergado y en eminente falta de finalización mientras ella me confesará, quizá sentada en este mismo sillón, que simplemente cumplió con su función como acompañante de vida avisando cada vez que le fuese pertinente de cada vez que desgastaba mi voluntad en cuerpo o mente y necesitaba parar, detenerme, contener aquella sinrazón de hiper-vivir, frustrar la inercia que ya es más un sonido continuo que melodía y que por ello pierde toda armonía.
No podré ahora negar que me alegra de poder contar con mi amiga la pereza.