De vuelta, como ya hace algún tiempo, a casa, después de mi jornada laboral; me gustaba regresar a pie, ese era el momento del día en que mi mente se despejaba, me gustaba a veces girar antes entre calles, dar vuelta a alguna cuadra, desviarme, no buscaba nada pero podría ser que algo me encontrara.
Vi unas flores hermosas, a lo lejos llegaba el olor y quise comprarlas, -¿para quién pregunto mi mente, a así sin negar mi conversación interna me respondí: «para mí, para quién sea, para nadie, porque sí».
Es así como iba caminando dirección a casa caminando con aquellas flores de aroma tan agradable, al llegar a casa me sorprendí dudando de pronto si aquella llave en mi mano sería capaz de abrir el cerrojo, pero todo se dio normal, como cada día:
- Insertó la llave
- Giro
- Empujo la puerta
- Abro lo suficiente para poder entrar
- Entro
- Cierro.
Un vaso que yacía esperando desde temprano a ser lavado descubrió que tendría que esperar un poco más al verse nuevamente lleno de agua, misma que conservaría al margen de la vida aquellas flores. Un vaso y unas flores compartiendo el mismo tiempo de espera…
Miré el reloj deseoso de conocer la hora, no podía esperar a que ya fuera tiempo de dormir, bien sabia que es mejor esperar a que de la hora, no siempre es bueno precipitarse.
Fue entonces que decidí que ese día dormiría en el sillón, no vaya a ser que la cama tuviese agendada una pesadilla; quería, querido lector, engañar al destino.
Fue de pronto que me encontré en algún jardín de aroma hermoso, escuche a mi espalda alguna voz, «serán las flores que me hablan», voltee y le mire, era ella. Pensé en el dulce aroma y no sabia si era el jardín o era ella, quizá una combinación de ambas, quizá solo mi imaginación. Ella comentaba algo inaudible cuando me percate de las flores que traía en las manos, las misma que había comprado esa tarde, me precipite nervioso a dárselas , ella pregunto el motivo y yo respondí: «ya venía siendo hora de mirarte».