Fui, por un instante, aquella gota de cascada que, sin buscarte pero «sabiendo que te podría encontrar», cedió a ser capturada por algún poro de tu clara piel para ocupar algún aquí.
Así es, me lance al abismo y caí en tu rostro, después, ya sea porque debías seguir tu camino, porque 4 y 9 son ajenos, por temas del destino incomprensibles para mí, porque la ansiedad no suele ser la amiga más pertinente, porque no toda semilla germina y coincidir es consecuencia del mismo flujo que el partir es que yo me disolví en el aire, pero conocerte ha válido cada centímetro del viaje, cada paso, cada suspiro y cada lágrima de gota de cascada.