En el vacío profundo de la nada,
el nihilismo llega, el alma invade.
Un sentimiento oscuro, sombras en mi ser,
donde el sentido parece desvanecer.
En ese abismo sin respuestas claras,
el mundo se torna gris, sin máscaras.
La certeza se esfuma, todo se diluye,
y el corazón se hunde en la desilusión que fluye.
Pero en ese instante de desolación,
algo surge, una chispa de iluminación.
Como una orquídea en un jardín salvaje,
la belleza emerge, libre y sin corsaje.
En medio del caos y la falta de sentido,
descubro una verdad que estaba escondido.
Mi existencia, subjeticamente radiante,
tiene un propósito único y relevante.
La libertad se alza en su esplendor,
encontrando sentido en cada color.
Aunque el nihilismo me visitó un día,
encontré en mi ser la fuerza que guía.
Como la orquídea que florece en su espacio,
encuentro en mi existencia mi propio abrazo.
A través de la libertad que he conquistado,
descubro un sentido que no había imaginado.
Consciencia de sí me mostró su rostro sombrío,
pero también me enseñó a encontrar mi brío.
En la aceptación de la falta de certeza,
encuentro la belleza de esta vida inmersa.
Así, libre y sin cadenas,
encuentro en mi ser la esencia plena.
El nihilismo no es el fin, sino el comienzo,
de explorar mi existencia, sin temor, sin censo.
En el vacío yace la semilla del crecimiento,
donde la belleza surge, el sentido se encuentra en movimiento.
Acepto la incertidumbre, abrazo la libertad,
y en mi viaje existencial, descubro mi propia verdad.