La vida fluye en mi interior, no sólo la mía, y tantas son que quizá sea la razón por la que en ocasiones al verme al espejo me desconozco.
La vida fluye en mi exterior, todas y en apariencia menos la mía, pero en ocasiones me veo reflejado en la vida de los demás y no se si sea la razón por la que en ocasiones me dicen te amo.
La vida fluye pero en ocasiones me siento tan fatigado, casi muerto; pero sigo en pie porque me han repetido tantas veces que debo permanecer vivo, aún cuando falte propósito, aún cuando mis metas se hallen cumplidas y aún cuando la soledad te acompañe en aquellos sitios llenos de verde y colores de flor. Sigo en pie porque insensatamente se han puesto cadenas en mis manos y pies, cadenas forjadas de palabras, de compromiso, hechas por todo aquel que le ve sentido al seguir vivo por estarlo, al buscar la eternidad sin saber que hacer con un día de su vida y con suerte por aquel que le ha tomado sabor a esto de la existencia y anima a encontrar algún camino.
He vivido la mayor parte de mi vida bajo voluntad propia, aunque he de confesar que hay días donde vivo porque me han repetido que así debe ser, que he de perecer de manera natural. Hay días donde vivo porque he sostenido mi fe hacía aquellas palabras vacías, pese a lo vacío que llega a ser un te quiero o lo poco que hay de uno mismo a los «te odio» ajenos.