En el reino verde, en bosques profundos,
donde los árboles alzan sus ramos rotundos,
se oculta un secreto, un pensamiento sutil,
que revela por qué cada árbol es nihilista en su matiz.
Sus ramas se extienden, al viento danzan,
sus hojas susurran, verdades que alcanzan,
y en su sabiduría, en su existencia serena,
comprenden el sentido de la vida, su condena.
El árbol, testigo de las estaciones fugaces,
del nacimiento y muerte en sucesivas fases,
observa cómo el tiempo, implacable y veloz,
arrastra las certezas y lo sumerge en el caos.
Sus raíces, ancladas en la tierra que nutre,
le revelan verdades que nadie escruta,
pues al crecer, alzarse y buscar el cielo,
descubre que todo es efímero, que todo es duelo.
La hoja que cae, marchita y sin vuelo,
nos habla del final, del destino desvelo,
y en cada hoja que yace en el suelo frío,
se disuelve la ilusión, el propósito vacío.
En cada rama quebrada, en cada herida,
el árbol percibe la fugacidad de la vida,
y en su quietud, en su sombría contemplación,
se abraza al nihilismo, sin cuestionar su razón.
Pero no es pesimismo, no es desesperanza,
es aceptar la verdad, la fugacidad que avanza,
es hallar en la nada, una liberación profunda,
donde el árbol encuentra su paz en la sima fecunda.
Así, cada árbol es nihilista en su ser,
porque entiende que todo es un fluir efímero de ayer,
y en su abrazo a la nada, en su abrazo al vacío,
encuentra la sabiduría de aceptar sin desvarío.
Entonces, admirémonos de su quietud y serenidad,
pues en su silencio, en su filosofía sin vanidad,
los árboles nos enseñan, con su abrazo a lo etéreo,
que abrazar el nihilismo es encontrar lo certero.